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| Foto: Mark Leibowitz |
Capture el espíritu
Por Rita Neubauer
diciembre 2006/enero 2007
Luis Padilla García está de pie, muy quieto, con las manos levantadas y los ojos cerrados. Está en la cima de la Pirámide del Sol. “El sol me da energía, tranquilidad y la seguridad de que las cosas andarán bien”, dice Padilla García, de 51 años. Una vez al mes, asciende los 248 escalones de la tercera más grande pirámide del mundo, situada a unas 25 millas de la Ciudad de México, en Teotihuacán.
La Pirámide del Sol es una estructura misteriosa, y lo que hoy se conoce como Teotihuacán fue construido entre los años 100 a.C. y 250 d.C., y se convirtió en el centro político y social de Mesoamérica.
Hoy día es un lugar adonde van turistas y peregrinos, especialmente en el equinoccio vernal, en marzo. Vestidas de blanco, cantan, oran y celebran el comienzo de la primavera, en la creencia de que, ese día, la pirámide transmite una energía especial.
Mi peregrinaje es a causa del solsticio de verano en junio. Llego muy temprano y muy pronto, se me unen hombres y mujeres de la Ciudad de México, vistiendo bandanas rojas, amuletos y prendas de color blanco. El blanco, dice Antonio Olivera Villalobos, de 54 años, es el color de la pureza y la síntesis de todos los colores.
El grupo invoca al espíritu del “santo creador” y asciende la pirámide lentamente. Hay olor a incienso y escucho el sonido de una caracola usada como instrumento de viento. Se llama la “caminata sagrada”.
Para algunos, este lugar sagrado sana el cuerpo, ilustra la mente y aumenta la creatividad. Para otros, Teotihuacán enciende capacidades psíquicas y despierta el alma.
| Pienso en los hopi, navajos y sus ancestros, para quienes Sedona ha sido sagrada desde tiempos prehistóricos. |
“¿Quiénes somos? —pregunta Yolanda Acevedo, de 77 años de edad—. ¿Cuál es nuestra misión en la Tierra?”. Ella no tiene las respuestas, pero sabe que estos rituales, celebrados en medio de estas tierras ancestrales y consagradas, le brindan “tranquilidad de conciencia”.
Donde fluye energía Expandir la capacidad de comprensión y la creatividad es también una meta para muchos visitantes de Sedona, Arizona. Allí, las rocas, de color entre anaranjado y rojizo, los precipicios, las agujas y planicies —algunas, a una altura de hasta 5.000 pies— se unen en formaciones increíbles.
La magia de Sedona proviene de la Madre Tierra, según Mark Griffon, quien dirige Sedona Mystical Tours. Él lleva a los visitantes a sitios supuestamente cargados de energía llamados vórtices. “La alta concentración de hierro y cristal crea este campo energético, de elevado magnetismo, y la gente lo siente —afirma—. Es especialmente beneficioso para la gente mayor”.
Aida Bacany, de 77 años, que enviudó recientemente, está buscando ese beneficio en Cathedral Rock, un vórtice mayor a tres millas de Sedona. “Fue increíble —dice esta cubano estadounidense de Chandler, Arizona—. Me recosté en el suelo y me sentí en paz. No estaba segura de si estaba dormida o despierta”.
Su hijo, Tommy Acosta, de 58 años, posee una segunda casa en Sedona, y ama sentarse sobre las rocas a meditar. “Aquí aclaro mi mente y olvido mis problemas cotidianos”, comenta.
Yo también opté por visitar Cathedral Rock. Los fanáticos dicen que este vórtice transmite por igual energía femenina y masculina. Según Griffon, una roca “femenina” es más magnética y relajante, mientras que una “masculina” es más eléctrica y estimulante.
Sentada a la sombra, pienso en los hopi, navajos y sus ancestros, para quienes Sedona ha sido sagrada desde tiempos prehistóricos. Observo los retorcidos enebros. Se dice que cuanto más retorcidas son sus ramas, más cerca se está de un vórtice poderoso.
| ‘No piense sobre el futuro ni el pasado. Sólo esté aquí. Ahora.’ | Si esto es verdad, estoy en el núcleo. Y aunque no me siento transportada ni siento que un cambio haya ocurrido en mi vida, entiendo la seducción del lugar y, perdida en ella, por poco pierdo mi vuelo de regreso a casa.
Donde el tiempo se detiene Si en Sedona el tiempo vuela, en el Shambhala Mountain Center, en Red Feather Lakes, permanece estático. Éste es un valle situado a 8.000 pies de altura en las Montañas Rocallosas de Colorado, alrededor de 110 millas al norte de Denver.
Mi reloj se detiene. Coincidencia o no, estoy agradecida. He venido a este retiro para aprender a meditar, a practicar yoga y a contemplar la vida. Necesito encontrar una nueva manera de calmar mi mente, de aceptar ciertos eventos en mi vida y dejarlos atrás, como me es recordado varias veces durante mi estadía de tres días.
Sentada en una silla, concentrándome en mi respiración, me cuesta acorralar mis pensamientos. Revolotean como picaflores. “Simplemente déjelos ir y venir —dice Victoria Kaufman Hernandez, la profesora de meditación—. No se obsesione”. Según esta guatemalteca estadounidense de 49 años, los beneficios son reconfortantes, y no sólo para gente ocupada. “Estos retiros son la mejor vacación espiritual que usted pueda tomarse, no sólo para aprender sobre usted misma —asegura—; la enseñanza Shambhala también tiene que ver con dormir lo suficiente, respirar correctamente y andar por la vida más lentamente”.
Yo disminuyo considerablemente mi andar. El yoga, las voces calmas de los profesores y sus explicaciones simples, y el meditar mientras camino ayudan. Pero es la caminata vespertina al Gran Stupa de Dharmakaya, un monumento sagrado y lugar de peregrinación, lo que más me afecta.
Allí está: una estructura blanca de 108 pies de altura, con una aguja dorada rodeada de un bosque oscuro. Dentro, un inmenso Buda observa benevolentemente, desde su altura, a los visitantes. De repente, me siento más calmada de lo que me he sentido en semanas. Respiro profundamente y me siento por un rato largo. No estoy segura de estar verdaderamente meditando.
Tampoco estoy segura de que importe. En ese momento sé que voy a estar bien. Ya sea visitando Teotihuacán, Sedona, o este Gran Stupa, escucho el eco de las palabras de Sakyong Mipham Rinpoche, el líder espiritual del movimiento Shambhala: “No piense sobre el futuro ni el pasado. Sólo esté aquí. Ahora”.
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