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Guillermo Matta controla el mediocampo central desde el primer momento, hace bailar la pelota con el pie, mira a su alrededor al tiempo que un defensa intenta controlarlo y abre la jugada con un pase preciso al jugador del ala izquierda. El extremo corre, pero pierde la posesión de la pelota. No hay gol.
Sin embargo, la jugada impresiona.
Matta recibió y pasó la pelota en tres segundos, pero pareció mucho más tiempo. Es uno de esos armadores de mediocampo que juega al estilo latino clásico, con una habilidad que hace sentir que no hay apuro, que es perfectamente posible repeler a los defensas, controlar la pelota y estudiar el terreno, hasta que alguien pueda recibir su pase.
Su confianza se remonta a 1955 cuando comenzó a jugar profesionalmente para la Universidad Católica, uno de los tres grandes equipos de su Chile natal. Más tarde jugó para Castilla de Madrid hasta 1965. Hoy, a los 65 años y tras sobrevivir a un cáncer, Matta no es tan veloz como cuando jugaba en el legendario estadio del Real Madrid. Sin embargo, está convencido de que sus mejores días de juego están por venir.
Matta juega en un equipo integrado por fanáticos del fútbol, que hace 25 años se reúnen en el parque Brookdale en Montclair, Nueva Jersey. Juegan fútbol bajo la lluvia o la nieve, con calor o con frío que hiela.
“Te puedes quedar un poco tieso —admite Carlos Perdomo, de 52 años, un colombiano que durante los años 70 jugó para el Hota Bavarians de Nueva York—. Pero, te tomas una aspirina, te aplicas un poco de hielo y estás en condiciones otra vez”.
| ‘Ahora que juego sin obligaciones, puedo, en verdad, hacer lo que amo, que es jugar al fútbol’ |
Los partidos se juegan durante todo el año, cuatro veces por semana, durante 90 minutos sin descanso, hasta decir “basta”. Son informales; después de todo, se trata de viejos amigos. Pero, también se juega duro —muchos han jugado competitivamente por más tiempo del que se conocen, y del que llevan viviendo en Estados Unidos.
“Lo llevas en la sangre” afirma Jovan Grcic, de 60 años, quien creció jugando en la antigua Yugoslavia y concurre a Brookdale desde 1980.
Héctor Cornejo, un profesional sudamericano, que jugó desde 1969 a 1975 para el S.D. Aucas de Quito, Ecuador, nos cuenta que sigue jugando para “encontrarme con amigos y mantenerme en forma”. Cornejo, de 56 años, tiene tiempo para participar en el Pichincha, club amateur, donde juega con hombres que tienen la mitad de su edad.
Los jugadores de Brookdale son diversos. En un partido participaron jugadores estadounidenses e inmigrantes de Colombia, Croacia, Ecuador, Irán, Italia, Jamaica, Macedonia, México, Rumania, Siria, Tanzania y Trinidad. Había un médico, un periodista, un chef y un profesor.
Matta, que es vicepresidente ejecutivo de mercadeo en las oficinas de Manhattan del banco francés Société Générale, cuenta que disfruta el juego más que nunca. “Jugar fútbol profesional es el sueño de todos en Sudamérica, pero ahora soy un poco cínico con respecto a ese sueño —afirma—. En el fútbol profesional, los sistemas y las tácticas cortan la libertad de los jugadores. Ahora que juego sin obligaciones, puedo, en verdad, hacer lo que amo, que es jugar al fútbol”.
Ni un diagnóstico de linfoma, en el 2000, lo detuvo. “Primero me asusté y, durante un mes, no tuve ganas de hacer nada”, dice. Comenzó el tratamiento y a perder el pelo. Entonces, decidió regresar a Brookdale.
“Estaba calvo y demacrado, y se cansaba tanto que tenía que dejar de jugar a los 15 ó 20 minutos”, recuerda Perdomo. Pero Matta dice que jugar esos pocos minutos lo ayudó a recuperar su confianza: “Quedaba demostrado que, físicamente, podía hacerlo”.
A superarlo psicológicamente lo ayudaron los jugadores de Brookdale. Perdomo recuerda: “Le decíamos: ‘Muy bien, Guillermo. Aunque juegues poco, estás presentando batalla’. Comenzó a crecerle el pelo y empezó a jugar más tiempo”.
El apoyo de sus compañeros fue clave para la recuperación, afima Matta. “Me decían: ‘Tienes que jugar’. La amistad y el respeto fueron muy importantes”.
Cuando Matta viaja por el mundo como ejecutivo, lleva consigo lo que él llama mi “enfermedad” —y no se está refiriendo al cáncer que ha estado en remisión por cinco años—.
“Donde vaya, juego —afirma—. En Chile, en Argentina. Me he roto cada hueso del cuerpo, me he operado de la rodilla varias veces, pero vivo por el fútbol”.
Para encontrar un equipo en su área, visite la United States Adult Soccer Association (sólo en inglés).
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