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Foto: Sage Sohier 

Familias de oro

Por Romel Hernandez
febrero/marzo 2005

Averigüe quién ganó medallas Olímpicas
El trayecto de Lisa Fernández a la gloria olímpica comenzó allá, por los años 70, en el patio de la casa que su familia tenía en un barrio suburbano del sur de California, donde la chiquilla de 7 años pasaba horas enteras lanzándole pelotas a su madre.

Al principio, Emilia Fernández usaba un guante cualquiera para capturar las pelotas que su hija le lanzaba a toda velocidad. Pero la niña tenía habilidad, y muy pronto su madre se vio obligada a cambiar esos guantes por otros acolchados. No pasaría mucho tiempo antes de que tuviera que usar una máscara protectora y espinilleras. Cuando Lisa cumplió los 11 años, Emilia tuvo que renunciar a estas prácticas por su propia seguridad.

Muchos de los atletas hispanos, que crecieron en una cultura donde los lazos sanguíneos son fuertes y profundos, ven en sus padres a sus primeros y más importantes modelos a seguir
“Lisa siempre había querido jugar con la pelota —recuerda Emilia, de 63 años—. Tan pronto terminaba sus deberes escolares, íbamos juntas afuera".

Aquellos juegos con su madre, después de la escuela, realmente dieron sus frutos… en oro, literalmente hablando.

Lisa, quien muy pronto cumplirá 34 años, es el eje del equipo femenino de sóftbol de los Estados Unidos, ganador del oro en los Juegos Olímpicos de 1996, 2000 y 2004. Una leyenda en el deporte, es reconocida como la mejor jugadora de sóftbol en todos los aspectos. “Mi familia siempre ha estado a mi lado, en los buenos y en los malos momentos —nos dice—. Siempre han estado muy orgullosos de mí”.


Foto: Jonathan Ferrey/Getty Images Sport

Si le preguntan a cualquier deportista olímpico dónde fue que encontró la motivación para luchar por la medalla de oro, lo más probable es que respondan que en el seno de su propia familia. Por lo tanto, no es para sorprenderse que muchos de los atletas hispanos, que crecieron en una cultura donde los lazos sanguíneos son fuertes y profundos, vean en sus padres a sus primeros y más importantes modelos a seguir.

Lisa considera que su padre, Antonio, de 67 años de edad, quien jugara solamente una vez en un equipo amateur en Cuba, y su madre, nativa de  Puerto Rico, fueron los que le inculcaron el amor por el sóftbol desde muy temprana edad. De pequeña, Lisa era quien cargaba los bates en los equipos de sus padres, en una liga recreativa de sóftbol, en Lakewood. Después de los partidos, rogaba a sus padres para que se quedaran a jugar un rato más.

A medida que su hija acumulaba méritos en el deporte, el matrimonio Fernández apoyaba sus ambiciones. Hicieron caso omiso de los pesimistas del barrio que cuestionaban el apoyo que le daban a la chica para que participara en un deporte de varones. “Le volví la espalda a todas las críticas —dice el padre—. Nunca me importó lo que la gente dijera. Ella quería jugar".

“Nunca fuimos a Hawai de vacaciones —Lisa recuerda—. Cuando salíamos a comer, íbamos a McDonald’s.” Pero cuando se celebraba un torneo juvenil de sóftbol en Oklahoma, por ejemplo, todos se apretaban en el auto y se lanzaban al largo viaje. Los padres de Lisa estaban muy orgullosos de que las habilidades deportivas de su hija le hubiesen permitido ganarse una beca para UCLA, pero nunca soñaron con que alcanzaría las Olimpíadas.

Cuando Lisa ganó la medalla de oro en las Olimpíadas de Atlanta, en 1996, era como si el sueño de la familia se hubiera hecho realidad. Los Juegos Olímpicos del 2000 en Sydney, Australia, fueron una experiencia diferente. A pesar de ser el favorito, el equipo estadounidense dio un mal paso. Lisa, lanzadora y tercera base, dejó pasar un batazo durante su turno como lanzadora, y éste terminó siendo un cuadrangular. Dijo a sus padres que sólo debían regresar a casa. “Fue algo devastador —dice Lisa—. No quería hacerlos pasar por eso".

¿Irse a casa? De ninguna manera.

“Recuerdo que miró hacia donde nosotros estábamos, en las gradas, luego de haber dejado pasar el cuadrangular, y bajó la cabeza —nos cuenta Emilia—. Después del juego, lloró mucho, pues pensó que estábamos avergonzados de ella... Le dimos un beso y un abrazo y le dijimos cuánto la queríamos y que nunca nos sentiríamos avergonzados de ella. Y que siempre había un mañana."

El equipo del 2000 se recuperó espectacularmente para llevarse el oro.  En el 2004, Lisa se colocó a la cabeza de su equipo en carreras y lanzamientos, y fue la lanzadora que ganó el juego por la medalla de oro contra Australia. Espera jugar nuevamente en el 2008, en las Olimpíadas de Beijing.

Como siempre, sus padres planean estar allí, ofreciendo su ánimo y su apoyo, así como sus consejos sobre el bateo. “Ella es una bateadora de líneas —nos dice su madre—. Siempre le recuerdo que no se le debe subir el triunfo a la cabeza cada vez que anota una carrera”.

Sacrificios y amor incodicional
Prácticamente todos los deportistas olímpicos pueden contar una historia emocionante sobre los muchos pequeños sacrificios que sus familiares hicieron para bien de sus carreras atléticas: las idas y venidas a los entrenamientos y competencias; los pagos de las lecciones privadas. Pero, por encima de todo, está el amor incondicional que los padres les brindan a sus hijos para que puedan alcanzar el más atrevido de sus sueños.


Foto: Nick Laham/Getty Images Sport

Steven López no habría podido llegar a las Olimpíadas si su padre no hubiera sido un tenaz madrugador. Todas las mañanas, Julio López levantaba a sus cuatro hijos a las 05:30 horas para una sesión de ejercicios en el garaje de la casa, en Sugar Land, Texas. Cuando hacía frío, encendían la secadora de ropa para calentarse.

Después de llegar de la escuela y haber cenado, la familia volvía al garaje para practicar tae kwon do. Al principio, Julio, inmigrante nicaragüense, enseñaba los movimientos que había aprendido de películas y libros. Con el tiempo, Jean, el hijo mayor, se convirtió en el entrenador. Por los gritos y los golpes que salían del garaje, se podía decir que los López habían tomado el asunto del deporte en serio. “Agujereaban las paredes de un puñetazo —afirma con risa Julio, ya de 61 años—. Yo los reparaba y a la semana había nuevos agujeros”.

Steven, de 26 años, obtuvo la medalla de oro en las olimpíadas de 2000 y 2004. Su hermano y hermana menores también están catalogados como atletas de talla mundial en este deporte, pero, por muy poco, no pudieron formar parte del equipo para los juegos del 2004. Ahora, sus miradas están fijas en el año 2008.

Julio encaminó a sus hijos en las artes marciales por la misma razón que muchos padres: pensaba que este deporte les enseñaría autodisciplina y les brindaría las herramientas para defenderse de los bravucones. Nunca pensó que llegarían a los juegos olímpicos.

‘Agujereaban las paredes de un puñetazo. Yo los reparaba y a la semana había nuevos agujeros’
Aquellas sesiones de entrenamiento de toda la familia sembraron la competitividad entre los niños y, además, crearon un lazo familiar muy poderoso. La familia permanece unida: los tres hijos más jóvenes, incluyendo a Steven, todavía viven con sus padres. “Todos mis hijos patean juntos —afirma el papá—. Son hermanos y hermanas, pero también son amigos”.

Julio trabajó tiempo completo como ingeniero para sustentar a la familia, pero se preocupó por asistir a las sesiones de entrenamiento y competencia de sus hijos. Nunca tuvo tiempo para poder aprender tae kwon do hasta que cumplió 50 años. Ahora es cinta roja, una de las categorías más altas de este deporte.

Afirma que su corazón se agita cada vez que recuerda la primera vez que su hijo ganó la medalla de oro olímpica, en Sydney. “Lloraba como un niño —recuerda—. Fue tan hermoso”.

Julio agrega que lo único que superó aquel primer sentimiento fue cuando vio a Steven ganar el oro nuevamente, en Atenas, el año pasado. “La segunda medalla de oro es aún más asombrosa”, destaca.

“Cuando entro en el cuadrilátero, toda la familia va conmigo —dice Steven—. Lo siento así como una ventaja injusta”.

A diferencia de su padre quien, según Steven, “adora estar en primer plano”, y viajó tanto a Atenas como a Sydney para verlo ganar las medallas de oro, su mamá, Ondina, permaneció en la casa durante ambos juegos olímpicos. Nerviosa de pensar que su hijo resultara lesionado durante las competencias, se quedó en casa para encender velas y orar en espera de la llamada del extranjero que le permitiría saber cómo le había ido.

“Mi familia siempre ha estado presente —destaca Steven—, incluso, cuando ello suponía tantos sacrificios personales como financieros. Ellos hicieron todo tipo de recortes para ayudar a sus hijos a alcanzar sus sueños. Por eso es tan grato ganar las medallas de oro... quiero hacerles saber que todo lo que han hecho ha dado sus frutos".



Conozca información detallada de las 67 medallas obtenidas por los atletas de España y América Latina. Le indicaremos cuántas medallas obtuvo cada país y en qué deporte.

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