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Pebbles L. Ferrer Barber, de 5 años, muestra una foto del “Pelotón Perdido” al que perteneció su padre. Fotos: Julie Bullock 

Algunas batallas se pelean en casa
En los campos de batalla y de regreso al hogar, los veteranos descubren que los roles de la familia se han modificado. Los niños deben aprender a reconectarse con su padre o madre cuando ellos regresan de la guerra. Y los abuelos ya no están cuidando solamente a sus nietos, sino, cada vez más, a los hijos o hijas que necesitan atención intensiva.

Por Julia Bencomo Lobaco
mayo 2008

Parte I: La guerra interior Parte III: Fortaleza en los números
Parte II: Bahía de Guantánamo:
Tan cerca, tan lejos...
Parte IV: Una tradición familiar
Ayuda para el veterano puertorriqueño VIDEO: Los Ferrer, una familia veterana

Reportaje especial multimedia sobre los veteranos de Irak, en aarp.org

Cuando los heridos regresan a de la guerra (AARP The Magazine, julio/agosto 2008)

Recursos y ayuda para el veterano puertorriqueño

(Continúa de la p. 2)

Fortaleza en los números
Las explosiones que escuchó el sargento Roberto Lloret el 4 de julio de 2007 en Irak no eran fuegos artificiales por el Día de la Independencia. Sin embargo, le dieron una idea a grandes rasgos del alto costo de luchar por la libertad. Actualmente, está pagando el precio con heridas físicas, psicológicas y un trauma cerebral. No se queja.

En octubre de 2007, regresó a Aguadilla, una ciudad de gente amigable, casas coloridas y con un aire de tranquilidad familiar, cerca del extremo noroeste de la Isla. Pero el suyo no fue un tranquilo viaje sin escalas desde Irak. Hizo paradas en hospitales militares de Alemania, Washington, D.C., Carolina del Norte y Fuerte Buchanan, en Puerto Rico.

Y el Roberto que regresó no era el mismo hombre que había dicho adiós a su esposa Linnette Nieves, de 26 años, a su hija de 5 años, Alaihia, y a su numerosa familia. El padre divertido y amante del béisbol que había consentido a su esposa e hija toda su vida se convirtió en un hombre solitario, que sufría de imágenes recurrentes sobre la guerra a la hora de dormir y que soportaba fuertes dolores a raíz de una herida en el hombro.

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“Debido a todas las experiencias que viví… he cambiado —dice Roberto, de 29 años—. Siempre estoy a la defensiva. Cuando escucho un ruido, salto. Muchos de nosotros no teníamos ese comportamiento con anterioridad. Ahora sabemos por lo que los otros [veteranos] estaban pasando”.

Hace una pausa, quizás preguntándose si debería compartir una de esas experiencias. Finalmente, decide hacerlo y describe lo que ocurrió cuando el dispositivo explosivo improvisado (IED) explotó el 4 de julio: “El artillero estaba cerca de mí. Todos los fragmentos fueron hacia él. Yo recibí algunos, pero no tantos. Cuando el vehículo blindado se incendió, ya no podía ver al conductor ni al artillero. [La explosión] fue como un cuchillo caliente pasando por mantequilla”.

Al despertar, estaba en el hospital. Nadie murió en ese ataque. Esa fue la segunda vez que el vehículo en que él estaba había sido alcanzado por un IED, dijo. La primera vez había ocurrido tres meses antes.

Se mortifica cuando lo primero que alguien le pregunta es: “¿A cuántos mataste?”. “Así me saludan —dice, aún incrédulo—. Uno no quiere hablar de eso. No es lo mismo hablar de eso que vivirlo; no es lo mismo verlo en una película”.

" '¿A cuántos mataste?'  Así me saludan. Uno no quiere hablar de eso. No es lo mismo hablar de eso que vivirlo; no es lo mismo verlo en una película".
—Sgto. Roberto Lloret
Así como Roberto ha cambiado, también lo ha hecho su familia. A diferencia de muchas de las esposas de los veteranos que regresaron, y que se encontraron riñendo con sus “nuevos” maridos, separándose o divorciándose, Linnette eligió aceptarlo y no ir en contra de su marido.

“Cuando regresó, quería aislarse. Entendí entonces que yo también debía adaptarme —dice, sentada en su ordenado living, donde las fotos familiares cubren las paredes—. Solía decirme que este lugar era muy ruidoso y que debía irse”.

Eso dolía, dice ella, especialmente, cuando era el ruido que hacía su hija lo que causaba que se retirara. Y Linnette debía acostumbrarse a no ser mimada. “Cuando deseaba algo, él solía ir y traérmelo. Cuando se fue, yo extrañé eso. Debía ir y conseguirlo por mí misma —recuerda—. Supe que él había ‘regresado’ cuando comenzó a consentirme nuevamente. Ahora soy yo la que lo consiente, dándole aquello que le gusta, como por ejemplo, preparándole lasaña, su plato favorito”.  

El sargento Roberto Lloret y su
familia, en Aguadilla.

Durante la conversación, la puerta principal se abre y se cierra. Sobrinas y sobrinos pasan a saludar. La hermana mayor de Roberto, Delmaris Lloret, de 32 años, entra y se sienta en la cocina escuchando atentamente. Poco más tarde, ella revela el rol principal que jugaba en esta historia.

Mientras su hermano estaba en Irak, ella solía enviarle diariamente una tarjeta postal a través de internet y esperaba por la notificación que le indicaba que había sido abierta. “Aun cuando él no respondía —dice ella—, yo llamaba a Linnette, a mis padres, a toda mi familia y les decía: ‘¡Aún está vivo! ¡Abrió la tarjeta!’”.

Su madre, Luz Nereida Irizarry, de 52 años, que sufre de depresión, empeoró aún más cuando Roberto partió. Ella compartía el cuidado cotidiano de Alaihia junto con los otros abuelos de la niña, y se aferraba a su fe en Dios, al Family Readiness Program de la Guardia Nacional y a la conexión que sentía con otras familias puertorriqueñas cuyos seres queridos habían ido a la guerra. Participaba de los seminarios del Programa, presionaba para que hubiera recursos disponibles y alentaba a otros a participar en grupos de ayuda.

Mientras su hermano estaba en Irak, Delmaris Lloret solía enviarle diariamente una tarjeta postal a través de internet y esperaba por la notificación que le indicaba que había sido abierta. “Aun cuando él no respondía, yo llamaba a toda mi familia y les decía: ‘¡Aún está vivo! ¡Abrió la tarjeta!’”.
“Habíamos oído sobre otras guerras —Corea, Vietnam, la Guerra del Golfo Pérsico—; pero nunca habíamos tenido que enfrentar algo como esto —dice ella sobre la movilización de la Guardia Nacional y de las Reservas del Ejército—. Sé que hay muchísimos veteranos de guerra, pero ésta es la primera guerra que hemos tenido que afrontar personalmente”.

Una de las épocas más duras fue cuando Roberto estaba en el hospital de Carolina del Norte. Su abuelo, el padre de Luz, estaba muriendo y pedía ver a su nieto. A Roberto se le permitió regresar anticipadamente a Puerto Rico, pero su abuelo falleció dos días antes de su arribo. “Fuimos directo desde el aeropuerto al funeral. Fue desconsolador, pero mientras uno se iba, otro regresaba”, dice Luz.

La transición de Roberto hacia la salud y la vida normal continúa. En abril, debió realizarse una cirugía en su hombro, probablemente la menos complicada de sus heridas. Su madre lo acompaña a las citas con el doctor, a veces tres o cuatro veces por semana. Visita a un psicólogo y a un psiquiatra para el tratamiento de su desorden de estrés post traumático y de su traumatismo cerebral, a un ortopedista y a un terapeuta físico. Los viajes pueden tardar de 20 minutos a dos horas en cada ocasión, especialmente, cuando debe manejar hasta el hospital para veteranos, sito en San Juan, la única instalación con clínica para el tratamiento de daños cerebrales traumáticos.

“Esta experiencia fue tan dura y, a la vez, tan enriquecedora —dice Luz—. Hemos aprendido que como seres humanos estamos expuestos a muchos riesgos en la vida, algunos de los cuales ni siquiera podemos imaginarlos. El hecho de que sobrevivamos demuestra que Dios le da mucho valor a nuestras vidas”.

Matrimonios en crisis
 “Tenemos un alto porcentaje de divorcios entre nuestros soldados”, dice el Mayor Alejandro Sánchez, Capellán de la Guardia Nacional. En 2003, cuando Estados Unidos invadió Irak, hubo 14.222 divorcios en Puerto Rico. La cifra aumentó a 16.061 en 2004, y para el año 2005, ascendió a 18.376, según informes del National Vital Statistics Reports de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades.

El despliegue militar es, a menudo, una excusa para ponerle fin a un matrimonio que ya está en problemas, dice: “El despliegue los lleva al borde del precipicio y deciden, entonces, separarse”. El Programa Strong Bonds de la Guardia Nacional ofrece a las parejas un retiro de fin de semana donde aprenden las estrategias necesarias para afrontar la transición cuando un esposo regresa del campo de batalla.

Pero a pesar de los intentos, los matrimonios a veces se derrumban. Alba Iglesias Rosario, cuya historia contamos a continuación, dice que la esposa de su hijo, como muchas otras que ella conoce, encontró independencia y libertad durante el despliegue de su esposo. La estructura familiar tradicional puertorriqueña, en la cual el hombre es el que toma las decisiones, está desapareciendo, dice ella. Luego de hacerse cargo de las tareas y decisiones del hogar, las mujeres no están preparadas para volver a delegarlas. “De los seis hombres que conozco que han ido a Irak, casi todos se han divorciado”, dice.

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Este artículo forma parte de un reportaje multimedia especial de AARP que incluye videos de veteranos lesionados y sus familias, especiales de radio y televisión exclusivos de AARP, foros de discusión, y listas de recursos para los que necesitan ayuda y los que desean ayudar. Para ver, escuchar y leer más, favor visitar aarp.org.

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