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Bahía de Guantánamo: Tan cerca, tan lejos...
El chisporroteo de los bacalaitos friéndose en la cocina compite con el calor humeante en la cochera de la familia Velez, donde una mesada muestra un cuchillo de carnicero y pequeños pedazos de pescado. La calidez que se siente se debe tanto a la falta de aire acondicionado como a los miembros de la familia que nos dan la bienvenida en su living.
Miguel Velez se disculpa por las frituras, especialidades de la Isla: están muy saladas, dice, ofreciendo una, envuelta en una servilleta de papel blanco.
El modesto hogar de la familia —en Fajardo, cerca de la costa noreste de la Isla— está ubicado frente a un cementerio que pronto estará lleno de flores de vivos colores para conmemorar el Día de la Madre. En el living, se encuentran Miguel, su esposa, Luz Bruno y sus nietos Miguel, Adriana y Ángel. Adrián, que aún no tiene seis meses de edad, está en la casa de un vecino. Los hermanos del bebé, mientras tanto, se han apoltronado en uno de los sillones de sus abuelos.
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Ángel, de 11 años de edad, responde primero cuando se les pregunta cómo se sintieron el día que se enteraron que su padre, el sargento Miguel Enrique Velez, pasaría el próximo año con la Guardia Nacional en la Bahía de Guantánamo, Cuba.
“Enojado —dice el niño, amante del hip-hop—. No puedo estar con él. Solíamos ir de compras juntos, a cabalgar y a pasear”. De aquel día de enero en que su padre partió, dice: “Quería irme con él, metido en la valija. Quiero estar en la milicia, como mi papá”.
Las sandalias con correas plateadas y base de corcho de Adriana, junto con su filosófica respuesta a la misma pregunta, ocultan su edad. “Me sentí muy triste. (Ahora) la casa se siente tan solitaria. Es como un rompecabezas al que le falta una pieza”, dice en voz baja la niña de nueve años.
"La casa se siente tan solitaria. Es como un rompecabezas al que le falta una pieza”. —Adriana Velez, de 9 años de edad |
Miguel, de 12 años, habla poco; pero sus ojos pardos iluminan su rostro cuando habla sobre comunicarse con su padre en la computadora. Lleva mucho tiempo conectarse y las imágenes no son claras, explica; no es como si pudiera verlo realmente. Sin embargo, tiene sus beneficios. “No puede castigarme”, dice, y una traviesa sonrisa se dibuja en su rostro. Aun así, su padre sigue al mando, amenazando con asignarle a Luz la tarea de castigarlo, si fuera necesario.
Y la disciplina ha sido un problema, dice la abuela. Hasta los niños están de acuerdo en que pelean con mayor regularidad. El día anterior, Ángel asistió a su primera sesión con el psicólogo, abonada por la milicia. La ausencia de su padre lo ha lastimado emocionalmente y ha afectado su comportamiento, dice Luz.
Esta es la segunda vez que Miguel Enrique —miembro de la policía montada que patrulla las playas de Puerto Rico— se ha ausentado por un largo período. El hombre de 33 años de edad permaneció nueve meses destinado en Italia. Esa vez la pareja también se hizo cargo a tiempo completo de los dos niños mayores, producto del primer matrimonio de Miguel Enrique. Los dos menores —de su actual matrimonio— viven con su madre; pero la familia Velez retira a Adriana del colegio y pasa los sábados con ella.
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Luz Bruno y sus nietos Adrián y Adriana Velez. |
Los niños no son una carga, insiste Miguel, de 59 años de edad. Le gusta bromear con ellos y admite que no les impone tanta disciplina como lo hacía con su propio hijo.
“No soy su padre. Soy su abuelo —dice con una sonrisa—, y así es como los trato”.
El lenguaje corporal de Luz relata otra historia. Colgados de su cuello, hay dos símbolos de su vida actual: un crucifijo y un celular. Fe y responsabilidad.
Al otro lado del cuarto, sentada en el sillón, la abuela, de 60 años, apenas se mueve. Sus manos están cruzadas en su regazo. Sus hombros están caídos y líneas de preocupación surcan su frente. Sólo cuando el teléfono suena —lo que ocurre frecuentemente— parece llenarse de energía. Por supuesto, los llamados telefónicos siempre tienen que ver con los niños.
| Colgados del cuello de la abuela, hay dos símbolos de su vida actual: un crucifijo y un celular. Fe y responsabilidad. |
Sí, su vida ha cambiado mucho. “Soy responsable de ellos. Si algo ocurre, como por ejemplo, tener que llevarlos al doctor cuando están enfermos, debo hacerme cargo. Su padre solía hacerlo”, sigue diciendo. Ya no puede dormir, aun cuando sea ella la que se sienta enferma, y tampoco puede tomar una siesta, porque la agenda de los niños la tiene totalmente ocupada durante las tardes. Tener tiempo para limpiar la casa parece ser un lujo.
Pero “Dios siempre provee —dice Miguel—. No nos envía nada que no podamos aguantar”. Eso es verdad aun en lo que se refiere a las finanzas, dice, dando un ejemplo para aclarar su punto de vista. No ha trabajado durante las últimas tres semanas porque es temporada baja en el balneario cercano donde sirve banquetes.
Pero el dinero que ganó durante la temporada alta de este año fue más que el del año anterior, así que tienen lo suficiente, dice, aun cuando los niños “comen mucho más de lo que comemos nosotros”.
“¿Ya ve?, Dios sabía que íbamos a tener a nuestros nietos con nosotros este año”, dice el abuelo. Y uno espera que añada: “Punto Final”.
Servicios prestados
“La tecnología moderna en el teatro de operaciones significa que tenemos más soldados regresando; pero hay menos muertos y más discapacitados —dice la cirujana adjunta Marta Carcana—. Una vez que se logra que los veteranos discapacitados regresen a casa… es otra historia ”.
"Mi soldado no puede subirse a un autobús Greyhound y viajar a otro estado; mi soldado tiene que abordar un avión con su familia y quedarse en un hotel para recibir ayuda. No es lo mismo”. —Marta Carcana, cirujana adjunta del ejército |
Los miembros de la Guardia Nacional de Puerto Rico y sus familias gozan de una serie de servicios y beneficios, pero no siempre pueden acceder a los mismos. Las distancias que hay desde los hogares a estos centros de ayuda, la cantidad de heridos y el hospital de veteranos superpoblado contribuyen al problema.
“Tiene que ver con el hecho de estar en una isla —señala Carcana—. Mi soldado no puede subirse a un autobús Greyhound y viajar a otro estado; mi soldado tiene que abordar un avión con su familia y quedarse en un hotel para recibir ayuda. No es lo mismo”.
Para aquellas familias que han quedado atrás, los Family Readiness Centers (Centros de Ayuda Familiar) esparcidos por toda la Isla ofrecen seminarios, asesoramiento y ayuda con la documentación y los trámites, además de otros servicios.