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Foto: Stewart Ferebee 

Cómo vivir saludablemente hasta los 100 años
Un notable grupo de personas centenarias que viven en la península de Nicoya, en Costa Rica, comparten sus secretos.

Por Dan Buettner
mayo 2008

VIDEO: Conozca a la centenaria Panchita Castillo

Secretos para la longevidad

Cómo jubilarse en América Latina (agosto/
septiembre 2007)

Reimaginando la jubilación (abril/mayo 2007)

Jubilados mexicanos: lo mejor de dos mundos (abril/
mayo 2005) 

(Continúa de la p. 2)

“Dan, estos nicoyanos son tan increíbles —contestó—. Son tan positivos y devotos a sus familias. Todos salvo uno de los 33 nicoyanos que hemos conocido viven con su familia”. Elizabeth me miraba, gesticulando mientras caminábamos. “Tienen una maravillosa red de apoyo. También suelen tener una gran cantidad de visitantes, a quienes reciben casi todas las tardes, lo que constituye una red de contención, tanto a nivel físico como psicológico”.

Cruzamos el mismo puente que Tommy y yo habíamos atravesado en bicicleta unos días atrás.

Al llegar a la casa de Panchita, la llamamos a viva voz. Ella abrió una persiana de madera y, al reconocerme, levantó sus manos con una alegría incontenible. Salió apresuradamente para abrazarnos a ambos. “Panchita —dije en voz alta (ella es parcialmente sorda y ciega) —, ésta es Elizabeth, una científica de San José. Quiere visitarla”.

“¡Oh! —exclamó—. Por supuesto. Vengan y siéntense”. Llevaba un festivo vestido con adornos como el que usaba cuando la conocí, pero esta vez era verde en lugar de rosa. Aros largos y de color verde colgaban de sus orejas, y se había peinado hacia atrás su cabello grisáceo, con un peine cubierto de imitaciones de piedras preciosas. Nos condujo hacia dos bancos de madera que delimitaban la entrada.

Elizabeth logró rápidamente conectarse con Panchita, y le preguntó sobre su infancia y su vida cuando era joven. Panchita le contó que era descendiente de un héroe revolucionario cubano y que había tenido una bella infancia.

“En esos días, no había caminos en Nicoya —dijo—. Mi padre era propietario de una casa de huéspedes y, ocasionalmente, llegaban caravanas de mulas. Me levantaba a las tres de la mañana para hacer café y tortillas a los hombres que se quedaban a pasar la noche. Cuidaba de mis padres”. Luego, dirigiéndose a mí, dijo
"Aquellos que honran a sus padres son recompensados por Dios".
simpáticamente: “Así es, Papi”. Ella siempre me llamaba Papi, un término cariñoso. “Aquellos que honran a sus padres son recompensados por Dios”.

Panchita eludió preguntas directas sobre su matrimonio; pero sabemos que crió a sus cuatro hijos prácticamente sola. La familia vivió con los padres de Panchita hasta que murieron; luego, ella heredó la granja. Allí, la familia cultivaba la mayor parte de sus alimentos. Cuando necesitaban sal o azúcar, Panchita caminaba, ida y vuelta, las 18 millas que los separaban del pueblo para conseguirlos. “La vida era dura en esos tiempos, Papi”.

Una vez —cuando tenía 70 años— estaba bañándose en un río cuando notó que un hombre la observaba. “Me vestí rápidamente y tomé un palo —dijo, revoleando el brazo sobre sí como si aún tuviera la improvisada arma—.  Y cuando lo alcancé, casi lo mato a golpes”. Terminó su historia y se puso melancólica... “Oh, Papi —dijo, finalmente—, eso fue algo muy malo. Tuve que pedirle perdón al cura. Pero aun así, Dios me bendice”.

Más adelante en nuestra conversación, su acostumbrado comportamiento festivo se tornó nuevamente serio. Puso su mano sobre mi brazo; tenía el cariñoso hábito de tocar suave, instintivamente, a la gente para enfatizar sus palabras. Miré sus manos, de dedos largos y suaves, y uñas cuidadas; llevaba un anillo de plata dentado en el anular.

“Ellos mataron a mi hijo”, dijo, mirándome fijo con sus ojos marrones. Las líneas de su rostro levemente arrugado reflejaron la tristeza de una tragedia ocurrida hacía 50 años. “Cuando era un hermoso hombre de 20 años, se trabó en una estúpida pelea con un amigo, y éste lo mató”. Permaneció sentada en silencio por un minuto, sus piernas meciéndose hacia adelante y atrás. “Dios hace todo por una razón”, resumió, retomando su brillo. Entonces, con el optimismo característico de muchos centenarios, concluyó: “Hoy soy una mujer bendecida”.

Elizabeth se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “¿Ves lo que quiero decir?”.

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