Amanecía en el pueblo de Hojancha cuando Tommy Castillo y yo montamos un par de bicicletas y pedaleamos colina abajo, desde su casa de madera pintada de color rosa hacia la brumosa mañana costarricense.
El camino nos hizo pasar junto al consultorio del pueblo y frente a un taller mecánico desde donde sonaba muy fuerte la música local, desde unos pequeños altavoces hacia la calle. Con el placer de quien falta a la escuela a escondidas, bajamos otra colina próxima a la escuela del pueblo, y, desde allí, las casas comenzaron a verse más pequeñas. De un lado del camino, los edificios dieron paso a una pared selvática. La carretera siguió en pendiente hasta cruzar un arroyo, desde el cual, comenzó a subir abruptamente. Tommy, con una gran sonrisa que dejaba ver sus blancos dientes y una gorra de béisbol de los Yankees, se paró sobre los pedales y se me adelantó, mientras yo respiraba agitadamente y el sudor corría por mi espalda.
Ya fuera de la carretera principal, nuestras ruedas trazaron surcos paralelos, pasando un establo y una huerta. La senda terminó en un claro en el que había un gallinero, una casa de madera con techo de chapa y una leñera llena de troncos cortados. En el frente, una mujer que llevaba un vestido color rosa brillante, aros de argolla y un collar de cuentas carnavalesco barría con fuerza el suelo selvático, levantando una nube de polvo. Detrás, se veían unos largos y dorados haces de luz que se filtraban entre los árboles.
“¡Hola, mamá!”, gritó Tommy mientras se bajaba de su bicicleta. La madre de Tommy—Francesca “Panchita” Castillo—, sorprendida, dejó su escoba y dio alegremente la bienvenida a su hijo con un abrazo; después, se volvió hacia mí. “¡Oyeee, Dios me ha bendecido! —exclamó—. ¡Tengo visitas extranjeras!”. Luego, me abrazó.
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¿En qué lugar del mundo viven más tiempo las personas?
En estas cuatro remotas Zonas Azules:
Loma Linda, CA, EE.UU.
Península de Nicoya, Costa Rica
Cerdeña, Italia
Okinawa, Japón |
Nos tomó a ambos de las manos y nos llevó hasta la entrada, donde saltó sobre un banco y comenzó a balancear sus piernas en el aire. Eran apenas las siete y media de la mañana, pero Panchita ya estaba lista para su descanso a media mañana. Estaba levantada desde las cuatro, y ya había rezado sus oraciones matutinas, recogido dos huevos del gallinero, molido maíz a mano, preparado café con agua de pozo —cavado en la piedra caliza, bajo su casa—, y preparado el desayuno de porotos, huevos y tortilla, cortado leña y, con un machete casi tan alto como ella misma, de cinco pies, había cortado la maleza alrededor de su casa. Preguntó si queríamos desayuno. “No —dijo Tommy, que sudaba levemente debajo de su gorra de béisbol—. No tengo hambre”.
“Oh, sabes que sí —lo regañó Panchita—, voy a preparar unos huevos”. Y saltó del banco.
“No, no, mamá —dijo Tommy, moviéndose incómodo en su asiento—. Estoy bien así”.
Panchita se levantó y comenzó a tocar la rodilla de Tommy. “¿Cómo está tu pierna, hijo?”. Unos días antes, él se había lesionado trabajando en la casa.
“¡Mamá, estoy bien, por favor!”, contestó él, haciendo una mueca. Mientras se desarrollaba esta escena, me senté y sonreí al observar el intercambio entre una madre cariñosa y su hijo, quien no quiere sentirse avergonzado delante de un nuevo amigo. Dadas las circunstancias, podía entender a Tommy. Después de todo, él es un hombre de 80 años, ya bisabuelo. Su madre, Panchita, recientemente celebró su centésimo cumpleaños. Hojancha, donde ellos viven, posee una de las poblaciones más saludables y longevas del planeta; ciertamente, un lugar donde los hijos pueden tomarse su tiempo para crecer.