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Mis hermanos guardaron mis primeras poesías, las que yo consideraba que no tenían valor, porque era muy joven y conocía muy poco de poesía. Esas salieron publicadas en 1975, en mi primer libro: Urdimbre. Nunca pensé que ese libro fuera a tener acogida, pero lo prologó Agustín Acosta, el poeta nacional de Cuba, y le dio una gran proyección. Tres años después, saqué el resto de mis poemas inéditos en Voces del silencio.
Con Cauce de tiempo (1981), prologado por Matías Montes-Huidobro, me sentí muy identificada. Siempre me han dicho que mi poesía es de la escuela mística. Yo pienso que es iluminación, como la fe.
Otro poemario interesante es Agua y espejos, que obtuvo el premio de la Cátedra Poética Fray Luis de León, de la Universidad de Salamanca. Ese libro, de 1986, se había quedado en Cuba. Era un diario que escribí cuando tenía entre 17 y 20 años. En 1966, cuando llegó mi madre, me lo trajo. No fue mi primer libro publicado, pero sí fue el primero que escribí.
Las aristas desnudas (1991) relata una etapa dura de mi vida, cuando mi marido estuvo muy enfermo. Géminis deshabitado (1994) me describe completamente. Es la problemática del otro yo, que me ha perseguido siempre. El hambre de la espiga (2000) lo dediqué a mis tres nietas y a la mujer en general, desde que nace hasta su otoño. Después vino De trampas y fantasías (2001), donde reúno 26 cuentos, varios de ellos premiados en certámenes internacionales.
Mi penúltimo libro, Un pedazo de azul para el naufragio (2005), tiene poemas con una temática muy distinta del resto, que refleja mis sentimientos al salir de Cuba. Era algo muy mío; una poesía que por primera vez era dura, desgarrada. Ese libro sale porque descubrí, en casa de la pintora Carmen María Galigarcía, una serie de pinturas muy fuertes, que no eran características de ella. Me contó que era una catarsis sobre la situación de Cuba. Le dije que yo tenía eso mismo en poesía. Hicimos una exposición conjunta, que tuvo mucho éxito, donde se combinaron mis poemas con aquellos cuadros. |