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Fotografía: Baverel/Starface/Retna Ltd. 

Martin Sheen: Abriéndose paso
Martin Sheen ha ganado muchas batallas en la pantalla grande. Sin embargo, en la vida real, su mayor combate fue el que peleó para sacar a su hijo Charlie de las drogas.

Por Nancy Perry Graham
julio 2008

Conservando la fe (diciembre 2007/
enero 2008)

Teresa Rodríguez: Aquí y ahora (verano 2008)

George López: Al mal tiempo, buena cara (agosto/
septiembre 2007)

Linda Ronstadt: Leyenda de la música (agosto/
septiembre 2007)

Tony Plana: Mucho ruido y muchas nueces (junio/
julio 2007)

(continúa de la página 1)

El ingreso a Alcohólicos Anónimos
 
“Estoy en el programa [de Alcohólicos Anónimos], usted sabe —comenta Sheen—, y una de las cosas más tristes es el aumento del alcoholismo entre los jubilados. Muchos de ellos comenzaron a beber con la pérdida de su cónyuge; de repente, se encuentran solos. Y pierden el control más rápidamente. Es mucho más difícil, si uno está jubilado y tiene una reputación, meterse en un programa o recuperar la sobriedad. Lo último que uno quiere hacer es perder prestigio en su comunidad”.
 
“Lo que hace revivir a muchas personas mayores y a gente que ha perdido a su cónyuge es volver a sentirse útil. Volver a servir a otros, enseñar, encontrar personas que necesiten de su ayuda. No hay que ir muy lejos."

"Si has estado limpiando un pasillo durante 50 años, puedes limpiar una escuela, un jardín de infantes. Tienes que encontrar un lugar donde te necesiten. Cuando te desconectas, te alejas cada vez más de la costa y no te das cuenta de cuán lejos te llevó la corriente y, luego, de repente, te encuentras en aguas profundas y solo”.

P. ¿Todavía va a las reuniones?
R. Sí, claro; aunque recuperé la sobriedad por medio del catolicismo, a través de mi fe. Me involucré con AA recién cuando estaba tratando de encontrar una manera de ayudar a [mi hijo] Charlie, porque yo no era capaz de hacerlo. Un querido amigo que estaba en el programa me dijo: “En primer lugar, si vas a ingresar a Alcohólicos Anónimos, debes mantener tu boca cerrada durante, por lo menos, un año; sólo escucha las historias de otra gente”. Y eso fue lo que hice. Usted habrá notado lo charlatán que soy; mantener la boca cerrada requirió de una gran disciplina.
 
Luego sugirió que me uniera a AA y lo hice. Quedé sorprendido, porque no sabía que el programa fuera tan espiritual. Les dije: ”Ustedes, amigos, emplean la palabra Dios”. “Sí, lo hacemos cuando creemos; si no, nos referimos a un poder superior”. Yo comenté: ”Vaya, no hay dudas de que esto trasciende todo lo demás”. No obstante, el camino a la adicción y el que conduce fuera de ella es, al mismo tiempo, un viaje personal muy profundo. Verdaderamente, no creo que existan dos viajes similares.


Cómo sobrellevó la adicción a las drogas de su hijo Charlie

P. Un sobrino mío falleció de una sobredosis. Ya había sufrido de sobredosis antes; pero el hospital nunca se lo informó a mi hermano y a su mujer debido a las leyes ‘de privacidad’.
R. Francamente, lo único que me permitió descubrir lo de Charlie fue que se escapó del hospital y tuve que pagar la factura. Mientras lo hacía, averigüé por qué había estado ahí: había consumido una sustancia ilegal; estaba en libertad condicional y no se le permitía tener estas sustancias.
P. Entonces, ¿usted lo entregó a las autoridades para ayudarlo?
R. Este es un asunto penal. Y esa fue la cuña, la palanca que tuve. Eso es lo que llevé al tribunal; eso es lo que le llevé al sheriff. Fue la única manera de agarrarlo.
P. ¿Puede hablar un poco sobre cómo se abrió paso entre quienes fomentaban y facilitaban su adicción?
R. Uno se encuentra ante una situación de vida o muerte. Y el término crítico de la ecuación es: ¿está uno dispuesto a enfrentar la ira de su hijo? No les vas a caer bien. Ni pensar en que te vayan a querer. Te van a insultar de las maneras más salvajes y obscenas. Hay que estar preparado para eso.
P. ¿Eso se hace extensivo no sólo a ellos, sino también a sus amigos?
R.

Por supuesto. Porque, a veces, la única manera de poder comunicarse con ellos es a través de sus amigos. Y él tenía dos, en particular, que lo adoraban, que se arriesgaban lo suficiente como para decirle la verdad; y que, eventualmente, tuvieron que abandonarlo porque ya no podían soportar el dolor. Entonces supimos que teníamos dos aliados en esos dos muchachos. 

La gente adoraba a Charlie y tenían motivo. Era encantador. Por eso era muy difícil conseguir su atención. Tenía acceso a alfombras mágicas: amigos famosos y mucho dinero y poder. Estaba oculto en una torre en la que no se podía entrar. Los más cercanos a él eran sus peores enemigos. Dependían de él para vivir y decían o hacían cualquier cosa para lograr su cometido.

P. Sí, es la clase de cosas que puede matar a alguien.
R. Eso sí que mata. Eso lo mata a uno; y uno debe saber que esa gente existe y que hay que pasar por encima de ellos como si uno fuera un tanque.
P. ¿Cómo se pasa por encima de ellos como un tanque?
R. Se los pone al descubierto. Nunca se les acepta una excusa. Se los enfrenta y se les dice: ”Eres un maldito mentiroso. Sal de mi vista. No confiaría en ti ni delante de mis narices”. Uno tiene que creer lo suficiente en la vida como para arriesgar su propia reputación. Después de un tiempo, me torné atrevido, exorbitante, fantástico. Fantástico. 
 
Se escabullían como cucarachas al verme en público. Yo era, sencillamente, intrépido; no me importaba en absoluto el protocolo. En un restaurante, en lugares públicos. No me importaba ni jota. Ellos buscaban resultar agradables: ”Entonces, ¿qué he hecho?” ”¿Quieres saber qué hiciste? ¿Alguien más quiere saber qué hizo este desgraciado?” Y desaparecían. ¿Qué alternativa tenía? Estas cosas nunca suceden de un modo tranquilo y civilizado. Y siempre al final nos tocaba la parte más difícil, cuando salían a relucir las armas.
P. ¿Y se le quita el arma a esa persona?
R. Se le quita el arma.
P. Le quitó el arma.
R. Definitivamente. Cuando una vida está en juego, y es la de tu propio hijo, uno se vuelve temerario en muchos aspectos. Quiero decir que uno se convierte, simplemente, en un fanático. Nunca se llega a hacer nada a menos que lo haga un fanático.
P. Sí, los fanáticos hacen milagros.
R.

Exactamente. La noche en que tomé la decisión de ir al tribunal con los papeles que había conseguido en el hospital, tomé la decisión más difícil de mi vida. Ellos le extendieron una citación, y Charlie la recibió y me llamó por teléfono. Me encontraba aún con el sheriff. No puedo repetir lo que dijo —utilizó un vocabulario que nunca había oído antes—. Quedé muy, muy impresionado con su lenguaje. Y uno se da cuenta de que está hablando con la droga. Le dije: ”Ya, ya, espera un minuto. ¿Vas a venir [al tribunal] mañana?” ”Sí, sí voy. Voy a ir con un abogado”. Y trajo a Robert Shapiro [abogado de O. J. Simpson]. Dije: ”Muy bien. Estoy encantado y muy sorprendido. ¿Te importa que esté ahí, en el tribunal?” De repente, se tranquilizó y dijo: ”Ah, seguro. ¿Por qué no?” Yo comenté: ”Bien, tú sabes, no quiero aparecer de repente y que te enojes”. Él contestó: ”No, ve. Está bien”. 

Luego se volvió a poner furioso y entonces dije: ”Oye, aguarda. Espera un minuto”. ”¿Qué?”, preguntó él. ”Cuando te vea —dije—, ¿te puedo dar un beso?” Se tranquilizó otra vez. Contestó: ”Bueno, seguro, ¿por qué no?”
 
“Pues sólo me quiero asegurar de que si me acerco a darte un beso, no me vas a dar una trompada en la boca”.
 
Él dijo: ”Nunca haría semejante cosa”.
 
Yo expresé: ”Nunca pensé que lo fueras a hacer”. Entonces, se volvió a poner furioso. (Risas).
 
Llegó a la mañana siguiente con el Sr. Shapiro, que hizo un trabajo estupendo. [Charlie] se acercó, me besó en la boca y entró a ver al juez. Sí, sabía que todo había terminado. Y se sentía muy aliviado de muchas maneras que no podía precisar.

P. Parece como si Charlie lo hubiera perdonado y le estuviera agradecido.
R. Bueno…. ese es su problema. Yo lo hice por mí. No hubiera querido cargar con esto por el resto de mi vida. Tuve que hacer todo lo humanamente posible. Si me hubiera quedado corto y lo hubiese perdido, preferiría estar muerto.
 
Pero es curioso. Un año después, estaba conduciendo por la autopista y escuché las noticias en la radio: “En vivo, desde el Tribunal de Justicia de Malibú, nuestro reportero está hablando con Charlie Sheen, que acaba de abandonar los tribunales”. Charlie estaba limpio y sobrio, y ahora está en libertad. ¡Qué momento de júbilo! ”Bueno... —dijo—, quiero agradecer a mi padre por haber salvado mi vida”.
 
Salí de la autopista y lloré descontroladamente. Lloré y lloré.
 
Y me senté ahí, mirando fijo al océano, y pensé: ”¿Qué está mal en este cuadro? Vayamos más allá de a quién hay que culpar o a quién darle crédito”. Más tarde lo supe. Llamé a Charlie después de unas horas. ”Vaya, Charlie, oí las noticias”. ”Si, papá, ¿qué me cuentas?” Dije: ”Mentiroso”. ”¿Qué?” Continué: ”No es cierto”’. ”¿Qué quieres decir con que no es cierto?” ”Yo no salvé tu vida. Yo sólo llamé tu atención; tú salvaste tu vida. Porque si sigues creyendo que salvé tu vida, no vas a responsabilizarte por ella”. Y lo aceptó. ”Hmmm —dijo—. Gracias, está bien. Se acabó todo, ¿verdad?” ”Así es”. Nunca volvió a hablar del asunto.
  
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